lunes, 31 de agosto de 2015

De ella...


No recuerdo exactamente cuándo es que la conocí. Recuerdo que en algún momento su padre me emborrachó, aunque lo que recuerdo de ese momento es su mirada, de cierta preocupación, de cierto aprecio, de despedirse y de irse a dormir. No recuerdo siquiera haber llegado a mi casa. Era yo muy niño.

Pasan los años cuando nunca me percaté, hasta hace poco, que lo que siempre quise en una dama de vida, en una relación, era a aquella mujer que vi cuando niño. De tantos errores que he cometido, en algún momento hasta llegué a buscarla donde nunca la encontraría. Era yo tan idiota, tan ingenuo, tan adolescente.

Siguen pasando los años, nos volvemos a ver, me mataban los nervios. Yo no podía parar de hablar. Ella no era feliz en su relación, no era una mujer plena, como lo es hoy. Tampoco sabía claramente que yo no era feliz en mi relación. Me conocía mucho menos de lo que me podía imaginar. Continúa el paso del tiempo, la vuelvo a ver en el 2014. Hubo algo que me causó curiosidad de algo que aún no tenía la más mínima idea que era que se había quedado marcado desde aquella niñez, ni de aquella adolescencia, tampoco de esta etapa de adulto.

Ella, cuyo nombre me reservo, en lo poco que tengo de volver a conocerla, casual y causalmente, me da la impresión que no es del todo plena en lo que le gustaría compartir con su pareja. No estoy seguro, porque no hay valores absolutos, sino relativos. Aún así, en lo que hoy en día ella es ella, yo soy yo, su existencia me ha acompañado, con sus valores, con sus principios, con su fortaleza, con su determinación, con sus luchas, con su dedicación, con su disciplina, hasta con su mirada. No es porque ella quiera acompañarme, es solo porque su neta existencia me hace sentir acompañado.

Quizás nunca se percate de que es una de las mejores personas que existen en mi vida... Y, su mirada, su forma de observar, que a veces finge demencia entre su fortaleza, me recuerda que aún hay esperanza en la especie humana.